domingo, enero 27, 2008

Una taza de café

Tal vez fuera el aroma del café recién tostado que inundaba la plaza lo que me impulsó a sentarme en aquella mesita bajo los portales para descansar un rato y releer el libro que llevaba más de un mes esperando turno y que se me escabullía por entre los senderos de la incertidumbre, o quizá era el viejo hábito de pasar las tardes en algún café intentando leer un libro imposible de asimilar y lleno de imágenes obtusas y ambiguas que nada le decían a un intelecto aturdido por el insomnio oprobioso en que me había sumergido desde hacía ya tanto tiempo que a ratos no recordaba ni cuando inició este peregrinar por los vericuetos de la perplejidad, lo cierto es que sé que no fue el azar lo que me llevó aquella tarde de jueves a sentarme frente a ti.

El gusto redondo del expresso sin azúcar llenó mi boca de reminiscencias ancestrales y algunos recuerdos nebulosos se agolparon frente a mis ojos perdidos en la distancia infinita del pensamiento que me llevó a recorrer caminos olvidados mientras la opresión del pecho volvía a marcar su dominio sobre mi estado de ánimo y me sumergía de nuevo en las profundidades oscuras de aquel océano de emociones encontradas y de paradojas sin solución cuando reparé de pronto en la manera distraída con la que disfrutabas una tartaleta de frutas relamiéndote los labios y tomando de tanto en tanto una fresa que mordías con lentitud para luego chuparte los dedos con displicencia.

El sol pintaba de rojo la tarde mientras yo dejaba para siempre la lectura y me perdía en el río de memorias turbulentas que se agolpaban en mi pecho provocando un dolorcito viejo y conocido que me hacía cerrar los ojos por momentos para recuperar al máximo las imágenes amontonadas que me transportaban a otros universos y a otras edades en las que el mundo era mi cómplice y yo no me había convertido aún en mi enemigo y dejando volar el tiempo di el último trago al café frío mientras tú te levantabas alisando la falda de lino blanco alejándote sin reparar en el reguero de infortunios que ibas dejando a tu paso.

Todo pasó tan rápido que apenas alcancé a darme cuenta del vientecillo helado que empezó a soplar en mi interior cuando comencé a pasar las hojas del libro como si las fuera contando una a una y por pura imitación pedí una tartaleta de frutas como la tuya para acompañar un nuevo expresso que sanara las heridas de mi alma porque recordaba que en algún sitio había leído que “la savia que recorre mi espíritu arrastra esencias de café y cacao”. Así sea.


Imagen: Sandra
Ricuras: Gaby
Texto: luis david

2 Comentarios:

Blogger YKR dijo...

Ah qué sabroso post!!!

Yo seguido padezco esos libros que lo dejan a uno perplejo. De hecho creo que todos los libros que leo me resultan imposibles de asimilar.

Abrazo a los 3.

7:16 p. m.  
Blogger Luis David dijo...

Gracias Ikarus.

Será por eso que los libros tienen su momento para dejarse leer y no otro.

Estamos a su merced.

Un abrazo

7:05 a. m.  

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